La Mentalización

¿Por qué la gente se comporta del modo en que lo hace?
El modo en que percibimos e interpretamos la conducta de los demás tiene una enorme influencia sobre nuestra manera de pensar, sentir y comportarnos.

La mentalización consiste en la capacidad de interpretar el significado del comportamiento, ya sea propio o ajeno, considerando los estados mentales subyacentes (pensamientos, emociones y motivaciones). Es decir, la mentalización ayuda a entenderse a uno mismo y a los demás en función de lo que está ocurriendo en nuestro interior, es lo que nos permite dar sentido a la situación (Bateman y Fonagy, 2016).

Por lo tanto, una buena capacidad de mentalización implica:

  • Una actitud de curiosidad genuina y de apertura a la experiencia de los demás, a la consideración de diferentes perspectivas.
  • Tener conciencia de los límites de nuestra capacidad de saber lo que está en la mente de otros. La mentalización puede ser inexacta y podemos equivocarnos a la hora de interpretar la conducta de los demás. Esto se debe a que aunque los estados emocionales pueden ser deducibles, debe aceptarse que no se pueden conocer de forma absoluta (a lo que se denomina “opacidad” de la mente).
  • La capacidad de diferenciar la propia experiencia, de diferenciarnos psicológicamente de los otros y desarrollar un sentido de identidad coherente.
  • Capacidad de autoobservación, de tomar conciencia de lo que sentimos y de las propias cualidades. Esto ayuda a tener un sentido de “cómo nos ven desde fuera”, de entender el impacto que tienen nuestras acciones en los otros, lo que ayuda a entender las reacciones de los demás.

De esta forma, si la mentalización no tiene un adecuado funcionamiento no conseguimos entender nuestros estados internos ni las intenciones de los otros, lo que puede llevar a sentir confusión, incomprensión y a dificultades en las relaciones interpersonales. Esto contribuye a aumentar el conflicto o a reprimir las emociones como la ira o el miedo.

La capacidad de mentalización resulta crucial para establecer la responsabilidad de los comportamientos y promover la aceptación de la necesidad de cambio, favorece la autoestima, ayuda a regular las emociones y a establecer relaciones íntimas constructivas.

Esto da lugar a que el mundo interpersonal se convierta en un lugar más predecible, seguro y significativo. Así, se permite también la capacidad de apertura social que tenemos las personas para aprender de los demás, siempre y cuando consideremos que la información que nos presentan es confiable, relevante y buena (también denominado confianza epistémica). Esto es lo que le permite al niño o niña o, en su caso, al adulto, aprender y generalizar el conocimiento a otros contextos, favoreciendo la adaptación, la flexibilidad, y siendo clave en el desarrollo de la persona.

 

Características de la Mentalización.

La mentalización varía en función del contexto y requiere de un conjunto de habilidades, estando intrínsecamente ligada al control de la atención y a la regulación emocional (Midgley et al., 2019). Se distinguen diferentes dimensiones de mentalización y cada uno de ellos consta de dos “polos”:

  • 1) Mentalización implícita y explícita.
  • 2) Mentalización centrada en los estados internos y centrada en las acciones externas.
  • 3) Mentalización orientada hacia el sí mismo y orientada hacia el otro.
  • 4) Mentalización centrada en la cognición y centrada en el afecto.

Para que se de una mentalización adecuada ha de mantenerse un equilibrio flexible en función de las necesidades de cada momento.

Aquí hablaremos de las dimensiones de la mentalización con mayor relevancia:

  • La mentalización implícita o automática. Se activa ante niveles emocionales elevados. También es la que utilizamos la mayoría de las veces, de forma rápida y sin pensarlo conscientemente. Se interpretan las señales no verbales, como el contacto visual, las expresiones faciales y tonos a la hora de hablar. De esta forma interpretamos, por ejemplo, si una persona parece estar enfadada o aburrida. Los estudios de neuroimagen (Keysers y Gazzola, 2006; Luyten y Fonagy, 2015) muestran que están implicados los circuitos cerebrales que dependen principalmente de la información sensorial, los cuales son evolutivamente más primitivos. Estos incluyen la amígdala, los ganglios basales y la corteza cingulada anterior dorsal, todos ellos involucrados principalmente en la detección rápida de amenazas e información social (esencial para la supervivencia y relacionado con la respuesta de lucha o huida). Aunque a día de hoy tiene relevancia para identificar amigos o enemigos potenciales, es un procesamiento de la información que se basa en la experiencia previa, y como tal presenta la desventaja de estar bajo el riesgo de realizar interpretaciones sesgadas. Por ejemplo, si las primeras experiencias en la infancia han sido negativas, se desarrolla un nivel de vigilancia elevado frente a una potencial amenaza, aumentando la desconfianza y la rigidez.
  • La mentalización explícita (también denominada función reflexiva). Se ve inhibida ante niveles emocionales elevados. Se entiende como la dimensión de mentalización más desarrollada y cognitiva. Esta es una capacidad más controlada, consciente y clara. Es un proceso más lento, de reflexión activa, y está adaptado a situaciones más complejas en las que se necesita hacer interpretaciones deliberadas. Los estudios de neuroimagen (Keysers y Gazzola, 2006; Luyten y Fonagy, 2015) muestran que están implicados circuitos cerebrales más avanzados, vinculados sobre todo con el procesamiento simbólico y lingüístico, como la corteza prefrontal lateral y la corteza prefrontal medial. Estas son partes que se activan mediante tareas que involucran razonamiento, control de la atención y toma de perspectiva.

 

Bibliografía

Bateman, A. & Fonagy, P. (2016). Tratamiento basado en la mentalización para trastornos de la personalidad: una guía práctica (2ª ed.). Desclée de Brouwer

Keysers, C. & Gazzola, V. (2006). Towards a unifying neural theory of social cognition. Progress in Brain Research (156), 379–401.

Luyten, P., & Fonagy, P. (2015). The neurobiology of mentalizing. Personality Disorders: Theory, Research, and Treatment, 6(4), 366–379.

Midgley, N., Ensink, K., Lindqvist, K., Malberg, N., & Muller, N. (2019). Tratamiento basado en la mentalización para niños. Un abordaje de tiempo limitado (2ª ed.). Desclée de Brouwer.