Por suerte, hoy en día cada vez es mayor la concienciación de los sistemas de protección respecto a reconocer a los menores como víctimas directas —y no meros «testigos»—, como si la exposición a este tipo de hechos delictivos no fuera suficiente para generar secuelas psicológicas significativas. Como si observar a su madre ser golpeada, insultada, amenazada o vejada, o interpretar la tensión ambiental previa a un episodio de violencia, fuera una experiencia emocionalmente neutra.
No lo es.
¿Por qué no es lo mismo el TEPT que el TEPT-C?
El trastorno de estrés postraumático (TEPT), tal y como recogen los manuales diagnósticos, nació en buena medida de estudiar traumas únicos y delimitados: accidentes, desastres, agresiones puntuales. En cambio, en entornos domésticos con episodios reiterados de violencia de género, el trastorno de estrés postraumático complejo —TEPT-C— emerge de la exposición prolongada y repetida dentro de una relación de dependencia de la que no es posible escapar. Eso cambia todo, no solo la sintomatología que el menor manifiesta, sino los propios procesos de construcción identitaria y la organización del sistema de apego durante el desarrollo.
¿Cómo saber si un menor lo está viviendo?
Algunos menores presentan conductas externalizantes, como la agresividad, la impulsividad o dificultades atencionales que derivan en diagnósticos como el TDAH sin que nadie haya explorado el contexto familiar o escolar. Otros muestran un patrón internalizante, aislamiento social, somatizaciones, e incluso ruptura del vínculo de confianza con los adulto. En la etapa adolescente, con frecuencia emergen conductas de riesgo —autolesiones, consumo de sustancias, conducta sexual impulsiva— que funcionan como estrategias de regulación emocional disfuncionales ante un sistema nervioso que nunca desarrolló mecanismos adaptativos de afrontamiento.
¿Qué necesita el profesional que se los encuentra?
Primero, no confundir exposición con agresión directa. El menor que actuaba como mediador entre sus progenitores, el que inhibía su conducta en el entorno escolar para proteger a su madre, o el que procesaba la violencia desde la distancia auditiva, también presenta TEPT-C. La evaluación debe contemplar todas esas formas de exposición.
Segundo, la intervención de primera mano, no es el procesamiento del trauma. Antes de abordar los episódicos traumáticos, el menor necesita estabilización emocional y un entorno predecible. Aplicar técnicas de exposición en un contexto real, aún inestable no solo resulta ineficaz, puede producir efectos iatrogénicos.
Tercero, y especialmente para profesionales no clínicos —fuerzas y cuerpos de seguridad, servicios sociales, educadores—, una entrevista semiestructurada mal aplicada puede cerrar una puerta que tardará años en volver a abrirse. Estos menores han desarrollado esquemas cognitiva de desconfianza hacia la figura adulta como respuesta adaptativa a su historia relacional. Por ello, contar con formación específica en psicología del desarrollo, procesos cognitivos, regulación emocional y conducta no es un complemento, es una condición necesaria para intervenir sin causar daño.
Reconocer el TEPT-C en menores expuestos a violencia de género no es una cuestión de sensibilidad, sino de rigor clínico y responsabilidad profesional. Estos niños no eligieron ser testigos, y su silencio no indica ausencia de daño. Nombrar lo que vivieron es, con frecuencia, el primer paso de su recuperación.
Referencias bibliográficas:
López-Soler, C. (2008). Las reacciones postraumáticas en la infancia y adolescencia maltratada: el trauma complejo. Revista de Psicopatología y Psicología Clínica, 13(3), 159–174.
Organización Mundial de la Salud (2018). Clasificación Internacional de Enfermedades, 11.ª revisión (CIE-11). OMS.
Felitti, V. J., Anda, R. F., Nordenberg, D., Williamson, D. F., Spitz, A. M., Edwards, V., Koss, M. P., y Marks, J. S. (1998). Relationship of childhood abuse and household dysfunction to many of the leading causes of death in adults. American Journal of Preventive Medicine, 14(4), 245–258.