Hay una frase que escucho con cierta frecuencia en contextos relacionados con el maltrato infantil entre padres, madres hijos e hijas… «es que yo me crié así», y a veces se dice con resignación, otras casi como justificación, pero pocas veces quien la dice entiende hasta qué punto esa frase describe un aprendizaje y/o condicionamiento con consecuencias directas sobre los menores
El aprendizaje vicario —o aprendizaje observacional, en la terminología que popularizó Albert Bandura en los años sesenta— no es una teoría sobre la violencia doméstica. Es una teoría sobre cómo aprendemos cualquier cosa: observando a otros, registrando las consecuencias de su conducta, e incorporando esos patrones a nuestro propio repertorio. Pero cuando lo que se observa durante años es que el conflicto se resuelve a golpes, que quien grita consigue lo que quiere, o que el miedo es una forma legítima de obtener obediencia, el mecanismo funciona igual de bien, y los resultados son bastante más graves.
El concepto se conoce como transmisión intergeneracional de la violencia, y esto no significa que los hijos de personas violentas estén condenados a serlo. Significa que crecer en un entorno donde la violencia es cotidiana reorganiza la forma en que el sistema nervioso y el sistema de creencias procesan el conflicto. Los estudios en este campo —algunos de los más sólidos proceden de los trabajos de Cathy Spatz Widom con muestras de seguimiento longitudinal— muestran que la exposición a violencia grave en la infancia multiplica el riesgo de perpetrarla o sufrirla en la vida adulta. No lo determina, pero lo amplifica.
¿Por qué? Varias razones operan simultáneamente.
Por un lado, el modelado directo, el niño que observa cómo su padre resuelve una discusión con su madre aprende, entre otras cosas, cuál es el rango de respuestas aceptables ante la frustración. Si la violencia no tiene consecuencias —o las tiene escasas y tardías—, se consolida como opción viable. Bandura demostró esto con estudios en laboratorio, pero el entorno doméstico es infinitamente más potente que cualquier laboratorio, dado que, los modelos son personas con las que se tiene un vínculo afectivo, las conductas se repiten durante años, y la exposición es involuntaria.
Por otro lado, la normalización cognitiva, los esquemas mentales que construimos sobre el mundo se forman principalmente en la infancia, por eso un niño que crece viendo que la violencia es parte del paisaje cotidiano de una relación no aprende necesariamente que eso está bien, pero sí puede aprender que eso es lo que hay, que así funcionan las parejas, que los vínculos íntimos conllevan cierto nivel de daño. Esos esquemas son difíciles de revisar en la adultez, no porque sean irracionales, sino porque se formaron cuando aún no había capacidad de contrastarlos con otras realidades.
Hay además una dimensión neurobiológica que los últimos veinte años de investigación han ido perfilando, es la exposición crónica a violencia en la infancia activa de forma sostenida los sistemas de estrés, con efectos documentados sobre el desarrollo del córtex prefrontal y la amígdala. Traducido esto, puede afectar la capacidad de regulación emocional, elevar la reactividad ante amenazas percibidas, y dificultar la resolución de conflictos sin escalada. No es destino, es biología moldeable que el entorno formó en una dirección determinada.
Lo que complica este panorama es que la transmisión no es unidireccional ni inevitable, factores protectores —un adulto de referencia fuera del núcleo familiar, acceso temprano a intervención psicológica, la presencia de vínculos seguros alternativos— pueden interrumpir la cadena. Los estudios con personas que rompieron el patrón muestran con frecuencia la figura de alguien, un profesor, un familiar, un terapeuta, que ofreció un modelo diferente en el momento adecuado.
Todo esto tiene implicaciones prácticas que van bastante más allá del ámbito clínico,es decir, cada vez que un sistema judicial o de servicios sociales trata la violencia como un problema del adulto agresor sin evaluar el impacto en los menores presentes, está ignorando que esos menores están en pleno proceso de aprendizaje. No son testigos pasivos, son participantes involuntarios en una escuela que nadie eligió para ellos.
Romper esa cadena requiere intervenir pronto, con recursos suficientes, y sin la ingenuidad de pensar que señalar el problema basta. El conocimiento sobre cómo se transmite la violencia existe. El debate interesante no es ya si ocurre, sino qué hacemos con eso.
Referencias bibliográficas
Bandura, A. (1977). Social learning theory. Prentice Hall.
McCloud, B., y Abdullah, A. (2024). Theoretical analysis of the cycle of intimate partner violence: A systematic review. Trauma, Violence, & Abuse, advance online publication. https://doi.org/10.1177/15248380241301781
Keilholtz, B. M., Mennicke, A., y Yount, K. M. (2025). Intergenerational transmission of family violence: A narrative review of pathways from childhood exposure to adult intimate partner violence perpetration. Behavioral Sciences, 16(2), 299. https://doi.org/10.3390/bs16020299