En nuestro día a día tomamos decisiones y realizamos interpretaciones de lo que ocurre a nuestro alrededor de forma automática, por lo que no nos damos cuenta de ello. Por ejemplo, cuando el teléfono suena, respondemos sin la necesidad de pararnos a pensar que eso significa que alguien nos está llamando. Es una situación conocida, por lo tanto tenemos interiorizado cómo responder a ella, ya que nuestro cerebro utiliza atajos para hacerlo y responder rápidamente. Esto se conoce como interpretación automática.
En su mayor parte, estas interpretaciones automáticas nos ayudan, pero en ocasiones nos suponen un malestar al no ser conscientes de que nuestro cerebro ha cogido un atajo, y esto provoca que pasemos por alto información importante. Cuando las emociones que experimentamos toman el control, es esto lo que sucede. En función de la emoción con la que conectemos nuestra respuesta será diferente: la positividad cuando estamos alegres, o una visión más negativa al estar tristes, ya que tendemos a centrarnos más en aquello que refuerza dicha emoción. Esta relación es bidireccional, es decir, lo que interpreto me hace sentir de determinada manera, y al mismo tiempo, lo que siento influye en cómo lo interpreto.
A su vez, estas interpretaciones automáticas no son absolutas, y de ahí se desprende la interpretación alternativa. Esta se caracteriza por estar más equilibrada y nos permite realizar análisis más realistas de las situaciones. Si comenzamos a prestar más atención a nuestros pensamientos, vamos a ser capaces de detectar estas interpretaciones automáticas. Gracias a esto, podremos buscar alternativas de respuestas que se adapten mejor a nuestra necesidad. Y como sucede con todo, cuanto más practiquemos esto, más sencillo nos resultará pensar de manera flexible.
Trabajar en el pensamiento flexible nos ayuda a adaptarnos mejor a las diferentes situaciones, especialmente a aquellas más exigentes y en consecuencia, a manejar mejor el estrés.
Para trabajar en ello, algunas de las herramientas que podemos practicar son el cuestionamiento de esas interpretaciones que detectamos. Esto nos permite evaluar si estamos siendo realistas o estamos cayendo en el automatismo. Algunas de las preguntas que nos podemos hacer son: “¿Por qué estoy tan seguro de que eso va a ocurrir?”, “si pienso en situaciones parecidas que he vivido, ¿qué pasó?”, “poniéndome en la peor situación, ¿cómo de horrible sería?”; y en esta última pregunta, podríamos pensar también
“si eso sucediera, ¿sería capaz de afrontarlo?”. Tras lo cual, podemos reevaluar la situación de manera más realista y buscar formas de responder más ajustadas y adaptativas. Esta herramienta la podemos utilizar tanto con situaciones pasadas, como presentes y futuras.
Otra de las formas en las que podemos trabajar sobre estos automatismos es permitirnos conectar con ellos hasta que la emoción se rebaje, y tras ello, pasar a la acción. Con esto, evitamos tomar decisiones precipitadas y teñidas por dicha emoción, dándonos tiempo para organizarnos mentalmente y planificar cómo queremos responder.