Hay personas que deciden que ir a terapia no es de ayuda debido a las experiencias previas que han tenido en consulta. Puede deberse, por ejemplo, a cómo les ha hecho sentir o a que la persona que les ha atendido no ha sabido acompañarles como necesitaban, entre muchos otros motivos. En consecuencia, lo achacan a que no sirve en su caso, cuando la realidad es que puede ser por algo más simple, hacer “click” o no con el psicólogo.
Cuando tomamos la decisión de iniciar un proceso terapéutico, es habitual que aparezcan el miedo y la incertidumbre como consecuencia de no saber qué podemos encontrarnos. Para regular estas emociones hay una tendencia a buscar profesionales experimentados o formados en una corriente concreta, pero esto no nos asegura que vayamos a encajar con el profesional como persona.
Este “click” es parte del vínculo terapéutico, que es fundamental para que la intervención tenga los efectos deseados. De la misma forma que decidimos ser clientes habituales de una tienda por el buen trato que identificamos, o que desarrollamos la relación con una persona hasta que es amigo por cómo encajamos, el psicólogo debería generarnos lo mismo.
El vínculo terapéutico es la relación que se establece entre ambas partes y es un gran aliado del éxito en la intervención. Es importante que este vínculo entre paciente y terapeuta sea positivo ya que ha mostrado tener efectos que favorecen el proceso, tal y como se ha mencionado.

Una persona que se siente cómoda y acompañada por su terapeuta es mucho más activa y se muestra más dispuesta a explorar temas o experiencias vividas más desagradables, ya que se establece una base de confianza estable sobre la que construir nuevos aprendizajes. No olvidemos que a pesar de que la responsabilidad del cambio recae en la persona que solicita la terapia, en consulta el terapeuta es un acompañante, y si fuera un largo viaje en coche nunca escogeríamos a alguien que no nos gusta para ese camino.
Como se describe al inicio, lo habitual es guiarnos por la experiencia del terapeuta, y esto también es remarcable, junto con lo que nos transmite. Las herramientas de las que dispone el terapeuta son gran parte de la intervención, combinadas con su empatía, respeto, capacidad de generar un ambiente seguro y flexibilidad a la hora de adaptarse a cada proceso. Cuando este vínculo no llega a establecerse, comúnmente la terapia se interrumpe o se abandona antes de finalizar el proceso. En conclusión, esta alianza terapéutica es la base que se construye al inicio y sobre la que recae gran parte del peso de todo aquello que se trabaja después, permitiendo que se afiance.
Por todo ello es tan significativo que exista una compatibilidad entre ambas partes, y que seamos conscientes de que va a haber ocasiones en las que el primer psicólogo con el que nos crucemos encaje con nosotros, pero que no necesariamente va a ser así y no pasa nada. Puede que nos percatemos de esto a lo largo de la primera sesión o que suceda cuando la intervención está más avanzada, puede darse en cualquier momento, pero es importante que escuchemos nuestra necesidad y respondamos a ella.