Otra mirada al 25 de diciembre
El 25 de diciembre, y la Navidad en general, suele venir acompañado de una narrativa muy definida: familia reunida, risas en la mesa, abrazos, rituales y luces que titilan como si pudieran envolver cada emoción que sentimos. Sin embargo, conviene recordar que la experiencia humana nunca es uniforme. Este día, para muchas personas, también puede ser un recordatorio de ausencias, cansancio emocional o simplemente una fecha que transcurre en silencio y que, lejos de ser un fracaso, ofrece un espacio valioso de reflexión y autoconocimiento.
En estas fechas parece existir un mandato invisible: sentir alegría obligatoria. La realidad es que cada persona llega a la Navidad con su propia historia y su vivencia interna no se interrumpe por la llegada de una fecha festiva. De hecho, no es extraño que aumenten sentimientos de inadecuación (“¿por qué no puedo disfrutar como los demás?”), tristeza, añoranza o incluso soledad.
En este sentido, es importante destacar que no hay emociones incorrectas. Las emociones surgen porque cumplen una función. Escucharlas, en vez de maquillarlas con exigencia festiva, es un acto de madurez emocional.
La Navidad como espejo interno
Las celebraciones pueden actuar como un espejo que refleja nuestras relaciones, nuestras heridas, nuestras expectativas y aquello que aún no hemos cerrado. Lo que sentimos hoy en Navidad no surge de la nada; nuestras emociones actuales son el resultado tanto de la situación presente como de aprendizajes y recuerdos que el cerebro ha asociado a esta época.
Para algunas personas, la Navidad reaviva duelos; para otras, aumenta el estrés asociado a la convivencia familiar; y para otras, se convierte en un recordatorio de metas no cumplidas. Aceptar ese espejo -sin juzgarnos por lo que muestra- puede convertirse en un gesto profundo de autocuidado.
Lo aprendido también puede transformarse
La forma en que vivimos la Navidad no es casual ni fija. El cerebro aprende a asociar esta época con determinadas emociones a partir de experiencias repetidas a lo largo del tiempo. Luces, música, rituales y encuentros actúan como señales que reactivan memorias emocionales conocidas, a veces incluso antes de que seamos conscientes de ello. Sin embargo, estos circuitos no están cerrados y cada experiencia vivida con intención, cuidado o sentido introduce información nueva. Esto significa que, sin borrar el pasado ni invalidar lo que se siente, es posible ir modificando la vivencia emocional asociada a estas fechas si se trabaja de manera consciente. De esta forma, pequeños cambios, sostenidos en el tiempo, pueden abrir camino a nuevas maneras de vivir diciembre.
¿Y si redefinimos la celebración?
En cualquier caso, es importante subrayar que celebrar no siempre significa ruido, regalos o multitud. La celebración también puede ser:
- un paseo en silencio,
- un día sin obligaciones,
- escribir una carta para despedir el año emocional,
- preparar una comida sencilla que nutra,
- decir “hoy me lo tomo con calma”.
Existen celebraciones internas que no se publican en redes, pero transforman más que cualquier imagen iluminada. Estas pequeñas celebraciones no solo cuidan el propio bienestar emocional, sino que también reafirman la manera personal de vivir la Navidad y funcionan como un primer paso hacia el autoconsuelo.
La importancia del autoconsuelo y de los rituales
El autoconsuelo es una habilidad intrapersonal clave que permite a cada persona aprender a sostenerse, hablarse con amabilidad y tratarse como trataría a alguien querido. Hoy puede ser un buen día para practicarlo: cubrirse con una manta con intención, preparar un té caliente como gesto de estima, darse espacio para llorar sin culpa o sonreír por algo pequeño sin necesidad de justificarse.
Los rituales, por su parte, son una forma de dar estructura a las emociones ya que ayudan a sostener, organizar y transitar lo que se siente. Algunas ideas para quienes pasen este día con emociones encontradas son:
- Respirar tres veces antes de entrar en cualquier dinámica familiar.
- Dedicar cinco minutos a reconocer algo que se cerró durante el año, aunque haya sido pequeño.
- Agradecer una relación que acompañó, incluso si fue consigo misma.
- Encender una vela como símbolo de aquello que se quiere cultivar en el próximo año.
Son gestos sencillos, pero el cerebro los interpreta como cuidado.
Para terminar: está bien vivir la Navidad como se quiera
No es necesario replicar el guion social para que este día sea valioso. Cada persona tiene su propio ritmo emocional, su historia y sus necesidades, y eso también merece celebrarse.
Así que, sea cual sea tu 25 de diciembre -ruidoso, silencioso, nostálgico, alegre, inquieto o sereno-, recuerda que la forma en que lo vivas es válida, legítima y profundamente humana.
Feliz Navidad, a tu manera, sea cual sea la forma en que la estés viviendo hoy.