La metáfora del termostato es una herramienta muy útil para comprender cómo funcionan los sistemas familiares y cómo responden al cambio.
Un termostato es un dispositivo que regula la temperatura de un espacio. Cuando la temperatura se desvía del punto establecido, el termostato activa mecanismos para restaurarla. Al igual que un termostato regula la temperatura de un espacio, las familias regulan su dinámica emocional para conservar una estabilidad interna, incluso cuando no es funcional. La estabilidad de una familia se define, de manera consciente o inconsciente, a través de sus reglas, roles y patrones de comunicación.
Cuando algún miembro comienza a cambiar (por ejemplo, al expresar emociones o cuestionar normas) el sistema familiar puede reaccionar activando conductas que buscan restaurar el equilibrio anterior. De esta manera, comienzan a generarse síntomas que impiden la adaptación a las nuevas necesidades del sistema.
Imaginemos que unos padres comienzan a discutir y la tensión emocional en casa aumenta. En ese momento, el hijo pequeño grita, se agita o se queja de dolor. Su reacción desvía la atención del conflicto y los padres se enfocan en él. La discusión se detiene, la familia se reagrupa y el equilibrio se restablece. El niño actúa como un termostato, regulando la intensidad del sistema familiar para mantener la estabilidad, al mismo tiempo que impide que se atienda al verdadero foco del problema.
El objetivo terapéutico no es apagar el termostato, sino ayudar a la familia a renegociar sus reglas interaccionales para que el sistema pueda adaptarse de forma saludable a las nuevas etapas evolutivas o a las nuevas necesidades que aparezcan en la familia.