Hay palabras que incomodan. No porque sean malas, sino porque van más allá y nos tocan la fibra. Un ejemplo de ello es la palabra “autocuidado”. Suena bien cuando la leemos en un post, o cuando hablamos de ello entre amigos o en terapia. Pero cuando se convierte en un acto concreto, poner un límite, darse un tiempo antes de contestar, decir que no, pedir espacio, elegir el descanso,… entonces aparece la duda, la incomodidad, la culpa. ¿Estoy siendo egoísta?

Nos enseñaron que cuidarse a una misma debía ser el último punto de la lista. Que querer era postergarse. De hecho, así lo hemos visto en madres y abuelas que se abandonaban para cuidar los demás. Que el valor estaba en el sacrificio silencioso, en la entrega sin medida, en dejar todo por los demás. Ser buena hija, buena pareja, buena profesional, buena madre. “Buena”, esa palabra que tantas veces significa desaparecer un poco. Y así, cuando alguien empieza a elegir(se), a poner palabras donde antes había silencio, a priorizar su salud mental, su deseo, se activa algo. En uno mismo y en los demás. Como si romper ese pacto tácito de desgaste fuera una amenaza. Porque quien se cuida incomoda. Porque quien pone un límite confronta. Porque quien se escucha revela las veces que hemos callado.
Decimos que cuidarnos no debería dar culpa, pero la verdad es que muchas veces la da. Y no es solo una culpa aprendida, es una culpa heredada, sostenida por generaciones donde el amor se medía en función de cuánto dolía darlo. Cuidarse entonces parece un acto rebeldía. Pero realmente, el egoísmo no tiene que ver con esto. El egoísmo es ciego al otro. Se alimenta del control, del beneficio propio a costa de los demás. El egoísmo no pone límites, los borra. No cuida, exige. No se responsabiliza, manipula. El autocuidado, en cambio, es un gesto íntimo de honestidad. Es reconocerse frágil, reconocer que no todo puede darse todo el tiempo, muestra que también tenemos necesidades, que necesitamos que una pausa, distancia o contenernos. Que no es posible sostener a otros si una se descuida por completo.

Molesta porque desarma la narrativa. Porque quien se cuida rompe un patrón. Porque deja de cumplir con ese rol silencioso de estar para todos, siempre, sin que se note el desgaste. Y entonces aparece la pregunta incómoda: ¿por qué nos enseñaron que cuidarse es abandonar? ¿Por qué elegirnos suena a traición?
Tal vez la línea entre autocuidado y egoísmo no sea tan clara ni tan importante. Tal vez lo importante no sea trazar una frontera, sino preguntarnos desde dónde hacemos lo que hacemos. El cuidado, cuando nace del miedo, del deber, del “si no lo hago yo, nadie lo hace”, deja de ser cuidado. Se transforma en desgaste disfrazado de amor. Pero cuando nace desde el reconocimiento propio, entonces se convierte en un acto no egoísta y humano. No es fácil. Requiere desarmar muchas ideas y quedarse en la incomodidad de no ser siempre la persona que complace. Necesita aceptar que habrá quien no entienda, quien juzgue, quien se aleje. Pero también abre la puerta a algo más genuino: relaciones más honestas, vínculos más recíprocos, una forma de estar en el mundo menos agotada, más libre.
Tal vez no se trate de defender el autocuidado como si fuera una causa, sino de habitarlo. De practicarlo con coherencia, sin explicaciones, sin permisos. De elegirnos no como una forma de alejarnos, sino como un modo más real de estar.

Ahora, me gustaría poder reflexionar un poco y que dediques un momento para responder las siguientes preguntas: ¿Cuántas veces dijiste que sí cuando querías decir que no? ¿Cuántas veces te quedaste cuando necesitabas irte? ¿Cuántas veces te callaste por miedo a parecer egoísta? Quizás la próxima vez que lo sientas, en vez de preguntarte si te estás equivocando, puedas preguntarte esto:¿Y si esta vez, cuidarme, es lo más amoroso que puedo hacer por mí… y por los demás?