¿Alguna vez has sentido que “ya no sientes nada”?
Esa sensación de estar presente, pero como si pareciera que las emociones no te alcanzan. Es más común de lo que imaginas, ya que muchas personas aprenden (a veces sin darse cuenta) a desconectarse emocionalmente para no sufrir.
El problema es que mientras bloqueamos el dolor, la tristeza, el miedo también le cerramos la puerta a la alegría, la ternura y la conexión con los demás y nuestro propio cuerpo.
Pero… ¿Qué es la desconexión emocional?
Se conoce también como “entumecimiento afectivo” y es un mecanismo de defensa que consiste en anestesiar o minimizar emociones para protegernos de las experiencias que percibimos como demasiado dolorosas, vergonzosas o amenazantes.
No es algo que elegimos hacer conscientemente, surge como una estrategia de supervivencia ante situaciones en las que sentir es insoportable, como por ejemplo, conflictos, pérdidas, abuso emocional, sobrecarga afectiva o estrés prolongado.
Cuando se mantiene en el tiempo, esta respuesta se puede automatizar hasta el punto de que la persona se desconecte incluso cuando no hay peligro.
¿Cuáles son los signos?
- Sensación de vacío o indiferencia ante situaciones que antes generaban emoción.
- Dificultad para llorar, reír o entusiasmarse.
- Tendencia a racionalizar todo o a “vivir en la cabeza” más que en el cuerpo.
- Evitar conversaciones profundas o temas emocionales.
- Uso de distracciones (trabajo, redes, consumo) para no sentir.
- Sensación de desconexión del propio cuerpo o de los demás.
Y… ¿por qué huimos de lo que sentimos?
No, no es porque seas frío o indiferente, huyes porque en algún momento quedarse dolió demasiado, tanto que tu mente asoció ese sentimiento como algo de lo que hay que huir porque no tiene herramientas para gestionarlo.
Entre las causas más comunes encontramos:
- Experiencias traumáticas o muy dolorosas no procesadas. Así, sentir se asocia a un peligro o con la pérdida de control.
- Entornos invalidantes: Crecer en una familia dónde no se habla de emociones o se castiga la vulnerabilidad.
- Autoexigencia emocional. La creencia de que “sentir tristeza o miedo es ser débil”.
- Miedo al rechazo o al juicio, es decir, mostrar emociones implica exponerse y eso puede dar miedo si anteriormente hacerlo no fue seguro.
Así que no, no es frialdad, es una forma de autoprotección aprendida.
¿A qué nos lleva no sentir?
Las emociones funcionan como un sistema integrado, es decir, cuando cerramos la puerta al malestar también limitamos nuestra capacidad de sentir alegría, amor, conexión o placer.
A nivel psicológico, puede aparecer anhedonia (pérdida de interés o placer), dificultad para conectar con otras personas, sensación de vacío o desconexión interior y sentirse emocionalmente “plano” más que triste. Así, lo que empezó por un intento de no sufrir, se convierte en una forma de no vivir.
¿Cómo se puede volver a conectar con sus emociones?
No, el camino no es “forzarte a sentir”, sino reaprender a gestionar esas situaciones sin huir del malestar.
Algunas claves son:
- Darse cuenta de que uno está evitando el sentir, es decir, reconocer el patrón.
- Ponerle nombre a los sentimientos para darles forma y sentido, aunque en un inicio sea difícil y solo se pueda reconocer que “se siente tristeza”.
- Practicar la conciencia corporal. Todas las emociones se sienten en el cuerpo y localizar cada reacción fisiológica a ellas es el paso a ser consciente de ellas o reconectar con las sensaciones físicas.
- Cuestionar las creencias sobre la vulnerabilidad para dejar de asociarlo a un signo de debilidad y permitirnos sentir esas emociones sin culpa ni reproche.
- Buscar acompañamiento profesional, para aprender a sostener las emociones sin evitarlas.
Por lo tanto, la desconexión emocional no se define como “no tener sentimientos”, sino que es una estrategia de protección que se quedó más tiempo del necesario. Y aunque volver a aprender a sentir pueda dar miedo, es el camino a una vida más plena, con vínculos reales con el resto y una conexión más profunda con uno mismo.
Porque, a veces, sanar no es dejar de sentir el dolor, sino volver a sentir con seguridad.