El «no» hiriente: la culpa por romper el «sí» automático

Hace unas semanas hablábamos sobre esa línea incómoda entre el autocuidado y el egoísmo (https://loving-lewin.51-89-232-165.plesk.page/la-incomoda-linea-entre-el-autocuidado-y-el-egoismo/)  Hoy quiero seguir profundizando en esa frontera tan fina, porque muchas veces se vuelve especialmente difícil cuando toca decir “no” a las personas que más queremos.

Decir “no” es uno de los actos de autocuidado más incómodos que existen. Especialmente para quienes han pasado años diciendo “sí” casi sin pensarlo, de forma automática. Decimos “sí” para evitar conflictos, para que los demás no se enfaden, para sostener vínculos, para que nos sigan queriendo. Y, poco a poco, vamos borrando nuestras propias necesidades.

Pero un día la cuerda se tensa. Nos damos cuenta de que siempre decir que sí nos ha dejado sin espacio para escucharnos, para descansar, para cuidarnos. Y entonces llega la necesidad de decir el primer “no”. Y, con él, la culpa.

Nos sentimos mal cuando decimos “no” a alguien que queremos, porque tememos perder su cariño, porque nos da miedo que la otra persona se enfade, porque tememos parecer egoístas, desagradecidos, etc. Esto suele ocurrir porque tenemos miedo a poner límites, y porque generalmente no sabemos sostener el malestar de quien no entiende nuestra negativa. En muchas ocasiones, decir “no” se puede llegar a interpretar como rebeldía o falta de amor. Es por eso, que hemos aprendido a ceder, incluso cuando nos duele. 

Pero, ¿realmente estamos tratando mal a alguien cuando le decimos “no”? ¿O solo estamos  diciendo “me importas, pero también me importo yo”? Esto a veces incomoda a quien estaba acostumbrado a recibir siempre un “sí”.

Decir “no” de forma asertiva no es lo mismo que ser cruel. No es lo mismo responder con desprecio que explicar desde la honestidad: 

  • “Hoy no puedo ayudarte porque necesito descansar”. 
  • “Te quiero, pero ahora no tengo la energía para estar ahí como te mereces”. 
  • “No puedo, pero podemos buscar otro momento”.

Cuando lo hacemos desde el respeto, el límite se vuelve claro pero cuidadoso. El enfado del otro puede aparecer, sí. Pero eso no significa que estemos haciendo algo mal. El autocuidado empieza cuando dejamos de anteponer siempre el bienestar ajeno al propio. 

Al principio, decir “no” duele. Genera culpa y miedo. Pero a la larga es una forma de decirnos a nosotros mismos: “Merezco descansar, merezco cuidarme, merezco ser honesta con mis límites.”

Decir “no” a tiempo es también una forma de decir “sí”: Sí a nuestra energía, sí a relaciones más equilibradas, sí a escucharnos,…

Puede que poner límites incomode a los demás. Pero la incomodidad forma parte del crecimiento. Decir “no” cuando es necesario no destruye vínculos sanos; los hace más sinceros. Y si un “no” termina una relación, quizá era una relación sostenida por el miedo y la complacencia.

No se trata de cerrarnos al otro. Se trata de abrirnos un espacio dentro de nuestra propia vida. Porque cuando aprendemos a decir “no”, empezamos a decir “sí” a lo más importante: a nosotros mismos.

logo psicologia amorebieta
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.