El arte de habitarnos: Un viaje psicológico de regreso a casa

Hoy en día, en un mundo lleno de estímulos externos que nos invita constantemente a responder e ir hacia afuera —a la productividad, a la comparación, al movimiento incesante—, resulta imprescindible parar y dar un espacio a la introspección, para no perdernos. El retorno al interior se convierte, así, en un acto casi revolucionario. Pero, ¿qué significa realmente “habitarse”? Esta noción, como metáfora psicológica, nos invita a establecer una conexión profunda, consciente y auténtica con nuestro mundo interno. Es la práctica de estar plenamente presente en la propia piel en sintonía con las emociones, los pensamientos, el cuerpo y la historia personal.  Implica aprender a vivir desde adentro: conocerse con honestidad, acoger todas nuestras partes – las luces y las sombras – y cuidarse con paciencia, atendiendo a nuestras necesidades y estableciendo límites.

La distracción del ruido que nos deshabita

Desde pequeños aprendemos a responder a expectativas y mandatos internos: “sé productivo”, “sé fuerte”, “no falles”, “no muestres eso”, “cambia aquello”, “debes hacer esto”. Sin darnos cuenta, vamos moldeando versiones de nosotros mismos que encajan, adquiriendo etiquetas o ‘máscaras’ que funcionan y que son aprobadas socialmente. Y en ese proceso, muchas veces perdemos el contacto con nuestra experiencia interna: lo que sentimos, lo que deseamos, lo que necesitamos profundamente pudiendo generar, además, un sentimiento de vacío y relaciones menos auténticas, entre otros. Por ello, la clave es volver a reconectar con nuestro mundo interno y dejar de priorizar constantemente lo externo, para recordar que este espacio interior también merece cuidado, escucha y presencia. Es importante reconocer que, si hemos dejado este espacio en «pausa» durante mucho tiempo, coger el mando para darle al «play» puede resultar inicialmente abrumador, pero es un paso esencial.

Las cuatro «Habitaciones» esenciales para el regreso

Se puede avanzar por el camino de la reconexión a través de la presencia consciente en cuatro dimensiones fundamentales de nuestro ser: el cuerpo, la emoción, la mente y la historia personal.

  1. Habitar el cuerpo: El cuerpo no solo es un vehículo que nos permite hacer multitud de actividades, sino también un territorio emocional donde coexisten tensiones, memorias, defensas y deseos. Muchas veces lo tratamos como un objeto que debe verse o rendir de una cierta forma, olvidando que es, ante todo, nosotros mismos. Habitar el cuerpo implica notar cómo se respira, reconocer las señales de estrés, hambre, cansancio o límite y sentir sin juzgar, incluso cuando es incómodo: no se trata de vivir en calma total, sino de poder estar en uno mismo incluso cuando hay turbulencia física o interna.
  2. Habitar la emoción: Las emociones no son enemigas, aunque a veces se sientan como tal. Significa permitir que una emoción se exprese, se mueva y luego se transforme; no es dejar que nos arrastre sin dirección, ni pretender controlarla con rigidez. Esta escucha es un acto de dignidad: reconocer que lo que sentimos importa, pues la emoción es parte de nuestro diálogo interno y siempre nos informa de algo relevante para nosotros. Algunas preguntas que pueden ayudar a identificar y entender a la emoción son: ¿Qué estoy sintiendo ahora, exactamente?, ¿Qué quiere contarme esta emoción? o, ¿Qué necesito mientras la siento?.
  3. Habitar la Mente (Despejar el Ruido Interno): Nuestra mente es un generador constante de historias, juicios, planes y preocupaciones. El problema no son los pensamientos en sí, sino la tendencia a identificarnos por completo con ellos, cayendo en la trampa de la rumiación (el exceso de pensamiento). Habitar la mente significa convertirse en un observador amable y desapegado del propio flujo de conciencia. Para ello, es recomendable:
    • Practicar la defusión cognitiva: Reconocer un pensamiento como lo que es, un pensamiento, y no como una verdad absoluta o un hecho inmutable, de tal forma que, en vez de decir «Soy un fracaso», se cambie a «Estoy teniendo el pensamiento de que soy un fracaso».
    • Tomar distancia psicológica del propio ‘yo’ al que le sucede el pensamiento o la emoción. Una técnica útil es el ileísmo (hablar de sí mismo en tercera persona) ya que puede permitir observar la situación con mayor objetividad y compasión. Por ejemplo, en lugar de «No puedo con esto», decirse usando el propio nombre, «…estás sintiendo una gran presión en este momento».
    • Identificar el guion, es decir, los relatos que habitualmente o de forma repetitiva uno se cuenta sobre sí mismo o sobre el futuro y cuestionarlas “¿Es este pensamiento útil?” “¿Es totalmente cierto?”.
  4. Habitar la propia historia:Hay momentos en los que experimentamos situaciones difíciles que pasamos por alto, no llegamos a integrar o lo hacemos de una forma que nos limita. Sin embargo, no podemos habitar plenamente nuestro presente si renegamos de lo que hemos sido. A este respecto, el propósito es reconciliarse con la propia biografía. Esto no significa justificar lo que dolió, sino generar espacio para poder integrar, comprender y permitirnos crecer. La meta es cambiar el “esto define quién soy para siempre” por un “esto forma parte de quién soy hoy”. La clave reside en la forma en que construimos esta historia. Desde la psicología, se entiende que no solo somos lo que nos pasa, sino la historia que nos contamos sobre lo que nos pasa. Reconocer esta narrativa personal —ese ‘guion’ interno sobre quiénes somos, qué merecemos o qué podemos esperar— y tener la valentía de reescribir aquellos capítulos limitantes es un ejercicio profundo de autonomía y sanación. Al cambiar la narrativa interna, cambiamos nuestra relación con el pasado y abrimos nuevas posibilidades en el presente.

El arte está en la práctica cotidiana

Este regreso es un proceso que se nutre de la práctica diaria. Aunque no hay una única fórmula, los siguientes pequeños gestos pueden abrir las puertas y facilitar la reconexión con uno mismo:

  • Hacer una pausa antes de responder a una demanda o situación.
  • Sustituir el «debería» por la curiosidad: «¿Cómo estoy?» en lugar de «¿Qué debería estar haciendo?».
  • Registrar las sensaciones (un chequeo corporal) al empezar y terminar el día.
  • Buscar espacios de autenticidad. Reservar momentos del día para tener una cita innegociable con uno mismo/a.
  • Explorar el humor como recurso. Se reconoce que la ligereza puede aliviar la posible tensión, permitiendo que la auto-observación incluya momentos de diversión con el propio ser.
  • Ejercer la autocompasión y tratarse con amabilidad cuando algo duela, recordando que esto no es indulgencia, sino un acto de compañía.

Un regreso paciente

En este contexto, “habitarse” implica un proceso de integración y autoconciencia que promueve la coherencia interna y el bienestar emocional. Este retorno al mundo interior permite reconocer, aceptar e integrar las distintas dimensiones del ser —corporal, emocional, cognitiva e histórica—, favoreciendo una relación más compasiva y auténtica con uno mismo. Desde una perspectiva terapéutica, supone un ejercicio de autorregulación y autoaceptación, donde el objetivo no es eliminar el malestar, sino aprender a sostenerlo con presencia y comprensión. En definitiva, se trata de una práctica de salud mental, que nos invita a reconciliarnos con lo que somos y a vivir desde una mayor plenitud y autenticidad.

logo psicologia amorebieta
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.