Cuando ser adulto no es lo que esperas: volver a casa a los 30

La imagen del adulto joven que vuelve a casa de sus padres tras haber iniciado una vida independiente ya no es algo raro: se ha convertido en una experiencia bastante común. En el contexto actual, este fenómeno —conocido como la “generación boomerang”— plantea no solo interrogantes sociales y económicos, sino también una serie de implicaciones emocionales y psicológicas que merecen atención.

En las últimas décadas,pasar de la juventud a la adultez se ha vuelto un proceso más complejo, fragmentado y, sobre todo, reversible. Volver a casa a los 30 puede generar un fuerte impacto en la identidad. Este retorno suele estar condicionado por la precariedad laboral, la dificultad de acceso a la vivienda y la debilidad de las políticas públicas de apoyo a la juventud.

Muchos de estos jóvenes han interiorizado modelos lineales de emancipación —estudiar, trabajar, independizarse y formar una familia—, por lo que volver atrás puede sentirse como una ruptura biográfica o incluso como un fracaso personal.

Desde el punto de vista psicológico, este retroceso residencial puede generar una tensión significativa entre lo que se espera de la vida adulta (autonomía, independencia, estabilidad…) y la experiencia real de los jóvenes. La sensación de no cumplir con los hitos normativos de su generación puede derivar en frustración, ansiedad, e incluso, en una percepción de fracaso personal.

La familia, en estos contextos, cumple un papel ambiguo. Por un lado, actúa como refugio y red de apoyo afectivo y económico. Por otro lado, puede convertirse en un espacio de conflicto, donde se reactivan dinámicas de dependencia o se generan fricciones intergeneracionales. Desde la psicología, es importante entender que esta convivencia prolongada o reanudada puede afectar tanto a padres como a hijos, y que su impacto emocional dependerá del tipo de vínculo, la distribución de responsabilidades y las expectativas de ambas partes.

Acompañar a jóvenes adultos que viven con sus padres a los 30 años implica más que trabajar con el síntoma visible (ansiedad, frustración, bloqueo): exige una comprensión profunda del contexto social, económico y emocional que da forma a su experiencia. Existen varias formas de acompañar desde la psicología que pueden ayudar a los jóvenes a transitar esta etapa con mayor claridad y bienestar: desnormalizar la linealidad vital, fortalecer la identidad adulta, explorar y trabajar el vínculo familiar actual, ampliar el concepto interiorizado de logro y valor personal, validar el malestar…

Por ello, es clave mirar más allá de los estereotipos y acompañar estas transiciones con comprensión, sensibilidad y herramientas que favorezcan el bienestar emocional y el desarrollo personal. Porque crecer ahora también es aprender a lidiar con certezas que se deshacen y con nuevas maneras de vivir la adultez.



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