A menudo nos gusta pensar que somos seres profundamente racionales. Aristóteles ya nos definió como “animales racionales”, y esa idea se ha instalado cómodamente en nuestra autopercepción. Sin embargo, la psicología moderna nos ha mostrado una realidad bastante más incómoda: no siempre pensamos para actuar… muchas veces actuamos primero y después pensamos para justificarnos.
A este fenómeno se le llama tendencia racionalizadora y está estrechamente relacionada con la teoría de la disonancia cognitiva propuesta por León Festinger. Vamos a desmenuzarlo.
Razonar “a posteriori”: cuando las razones llegan después
En el día a día solemos imaginar que nuestras decisiones nacen de un proceso ordenado:
pienso → valoro razones → decido → actúo
Pero la evidencia psicológica demuestra que con frecuencia sucede justo al revés:
actúo → me doy cuenta de que no tengo razones suficientes → busco razones
Es decir, primero tomamos la decisión o realizamos la acción y luego construimos el razonamiento que la justifica. Freud ya sugería que las razones no siempre guían nuestras acciones, sino que muchas veces son producto de ellas.
Esto no significa que nunca razonemos previamente; por supuesto que lo hacemos. Pero en gran cantidad de situaciones cotidianas, la razón tiene más de “abogada defensora” que de guía imparcial.
¿Qué es la disonancia cognitiva?
La disonancia cognitiva aparece cuando nos damos cuenta de una incongruencia interna: entre lo que pensamos y hacemos, en
tre lo que creemos y decidimos, o entre lo que defendemos y practicamos.
Y lo más importante es esto: la disonancia no es solo cognitiva, es profundamente emocional.
Nos sentimos mal. Como esa sensación es desagradable, nuestra mente busca aliviarla. ¿Cómo? De dos maneras principales:
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cambiando la conducta
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cambiando las ideas para justificar la conducta
Y aquí es donde entra en juego la racionalización: inventamos argumentos, reinterpretamos lo ocurrido o revaluamos nuestras creencias para que todo “encaje”.
El famoso experimento de Festinger
Festinger diseñó un experimento tan elegante como revelador.
A los participantes se les pedía realizar tareas manuales muy aburridas. Después debían decirle a los siguientes participantes que la actividad era divertida. A algunos se les pagaba 1 dólar y a otros 10 dólares por hacerlo.
Antes y después de esta situación se les preguntaba qué opinaban realmente de la tarea.
Los resultados fueron sorprendentes:
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quienes cobraron 10 dólares mantuvieron su opinión: “era aburrida”, esto es, tenían una buena razón externa para mentir
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quienes cobraron 1 dólar cambiaron su opinión y dijeron que “no estaba tan mal”, habían mentido por muy poco y se sentían incongruentes
Como la recompensa era mínima, no “justificaba” la mentira. Para dejar de sentirse estúpidos o incoherentes, revisaron su opinión sobre la tarea: quizá no era tan aburrida, quizá tenía algo interesante… Se reevaluaba para justificar su decisión.
En el caso de 1 dólar, por tanto, habría disonancia cognitiva; mientras que en el de 10 dólares no, porque tenías una razón fuerte para hacer lo que hiciste.
¿Qué pasa cuando no hay disonancia?
En variantes del experimento se observaron dos situaciones muy interesantes:
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Cuando decir que la tarea era divertida era obligatorio, los participantes no cambiaban su opinión.
ya tenían una explicación: “lo hice porque me obligaba el experimento” -
Cuando se les decía que su mentira no había servido para nada, tampoco cambiaban su opinión.
la acción “no efectiva” no generaba conflicto interno
En ambas situaciones no aparecía el malestar, porque no había incongruencia que resolver.
Entonces… ¿somos racionales o nos racionalizamos?
La respuesta quizá no es tan halagadora: hacemos ambas cosas.
Sí, razonamos, planificamos, deliberamos… pero también:
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justificamos decisiones tomadas por impulso
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defendemos opiniones porque son nuestras, no porque sean mejores
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explicamos acciones que no nacieron de un razonamiento previo
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cambiamos creencias para no sentirnos mal
Nuestra mente no solo busca la verdad: busca, sobre todo, coherencia emocional.
La próxima vez que notes que te “construyes razones” después de actuar, no te castigues: le pasa a todo el mundo. Pero observarlo ya es un paso enorme para actuar con mayor honestidad y menos autoengaño.
Bibliografía
Festinger, L. (1957). A Theory of Cognitive Dissonance. Stanford University Press.
Festinger, L., & Carlsmith, J. M. (1959). Cognitive consequences of forced compliance. Journal of Abnormal and Social Psychology, 58(2), 203–210.