Cuando la prisa se convierte en sombra: cómo aprender a caminar con calma

Hace poco, en consulta, hablé con A, una persona que regresaba de vacaciones y se sentía estancada. Me decía: “sé que he descansado, que estoy lista, pero no sé por dónde empezar; siento que si no hago ‘mucho’ ya, estoy perdiendo tiempo”. Esa frase me quedó resonando porque refleja bien algo que observo mucho en estos inicios de curso: esa tensión entre el deseo legítimo de cambio y la urgencia de que ese cambio se note ya.

Desde la psicología y la neurociencia sabemos que los procesos emocionales, cognitivos y conductuales más estables ocurren de forma progresiva. El cerebro necesita repetición, refuerzo y entorno seguro para reorganizarse. La prisa, en cambio, activa circuitos de estrés, libera cortisol, nos pone en alerta: útil en emergencias, pero peligrosa si se convierte en modo de vida constante.

En muchas de las terapias que dirijo o superviso en el equipo, aparece esta pregunta: ¿cómo puedo avanzar si arranco despacio?. La respuesta que intento trasladar es doble: por un lado, que comenzar despacio no sólo es válido, es clínicamente necesario. Por otro, que “despacio” no equivale a “estar parado”; es andar con atención.

Obstáculos frecuentes

Creencias rígidas sobre éxito: que llegar rápido es sinónimo de éxito; que si tardo, he fallado.

Comparaciones externas: lo que vemos de otros muchas veces es la fachada, no los trasfondos ni los ritmos internos.

Presión autoimpuesta o de entorno: expectativas que no siempre corresponden con nuestras capacidades reales o circunstancias vitales.

Olvido de la dimensión emocional: ajeno al quehacer diario olvidamos escuchar las emociones como brújula. Ansiedad, culpa, impaciencia tienen mucho que decir si las dejamos silenciar.

Estrategias que hemos trabajado desde Psicología Amorebieta-Psicosasun

  • Tomar “micro descansos” conscientes durante el día: pausas en las que se observe qué se siente, qué pensamientos emergen, qué cuerpo pide.
  • Registro de pequeños avances: algo que logré hoy, aunque sea pequeño, algo que antes no hacía, algo diferente aunque leve.
  • Reflexión guiada: preguntas como “¿qué necesito ahora más que hacer?”, “¿qué me aporta esto?”, “¿qué podría soltar?”.
  • Diálogo terapéutico sobre las emociones incómodas: aprender a tolerar la incertidumbre, la frustración, la lentitud como parte del proceso, no como algo a eliminar.

Para mí, como director/psicólogo, también implica una demanda interna: amoldar nuestra mirada clínica, de equipo, de planificación, a estos tiempos internos de cada persona que atendemos. Hacer espacio para lo que no se ve, para lo que aún no se manifiesta en resultados visibles, pero que es semilla de cambio.

Termino lanzándote un desafío: Permítete en este ciclo empezar despacio, pero con conciencia. Da un paso, observa lo que surge, no fuerces la aceleración. Porque muchas de las raíces más profundas brotan en silencio, y crecer verdaderamente muchas veces consiste en sostener ese silencio, ese ritmo propio.

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