Cuando cuidarse empieza a doler: cuerpo, gimnasio y control

Hay formas de relación con el cuerpo y el ejercicio que socialmente se han normalizado e, incluso, se aplauden, aunque psicológicamente generan un sufrimiento que muchas veces no somos capaces de identificar de forma consciente. 

En este artículo abordaremos la relación con el cuerpo en cuanto a acudir al gimnasio, específicamente en el caso de los hombres. En este caso, a diferencia de las mujeres, el objetivo no suele ser adelgazar, sino aumentar la masa muscular, reducir la grasa y verse fuerte o grande. Lo cuál encaja con los ideales de masculinidad, reforzando socialmente la conducta en vez de cuestionarla o identificarla como un posible problema. 

De este modo, se normalizan conductas como contar calorías, ir al gimnasio diariamente, sentir culpa por descansar o hacer compensaciones (como aumentar el ejercicio en los días que se ha comido más o en los días que no se ha ido al gimnasio).

Sin embargo, estas dinámicas comparten mecanismos de los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA) como:

  • La distorsión de la imagen corporal

No consiste en “verse feo”, sino verse “mal” aunque objetivamente no lo esté. Por ejemplo, pasarse semanas entrenando, mirarse al espejo y decir “estoy igual o peor”; fijarse solo en lo que falta (brazos “poco definidos”, pecho poco desarrollado…), ignorando el resto…

Entre las frases que se pueden decir a sí mismos encontramos “con esta luz se me ve fatal el pecho” o “con sudadera parezco enorme, pero con camiseta estoy normal”

  • El pensamiento dicotómico (esto está bien o mal o está permitido o prohibido)

De esta forma, la experiencia se organiza en categorías rígidas y sin matices. Por ejemplo, alimentos “buenos” vs “malos”, entrenar “bien” o hacerlo “fatal”… 

Esto lleva a una culpa intensa, conductas compensatorias o dificultad para flexibilizar. Entre las frases que se pueden decir a sí mismos tenemos “o entreno fuerte o no sirve” o “si fallo una serie la sesión ha sido una mierda”. 

  • La rigidez conductual 

En este caso, no importa tanto qué se hace sino qué pasa si no se puede hacer, es decir, sentir ansiedad o irritabilidad si no se entrena a la hora habitual; entrenar aunque haya dolor, fiebre o agotamiento; reorganizar la vida social para que no interfiera con el gimnasio…

Entre las frases que se pueden decir a sí mismos aparecen “no puedo faltar aunque esté cansado” o entrenar con molestias pensando “es solo dolor, no una lesión”. 

  • La culpa y la ansiedad

Son las que mantienen todo el sistema y la idea central es que no se entrena para disfrutar si no que se entrena para no sentirse mal. Como ejemplo de ello nos encontramos con sentirse culpable por descansar, comer algo “no permitido” y pensar en cómo compensarlo, la ansiedad anticipatoria antes de las comidas sociales o el alivio temporal tras entrenar, seguido de una nueva exigencia. 

Entre los pensamientos que pueden aparecer tenemos “mañana meto más cardio para compensar lo de hoy” o sentirse inquieto en días de descanso o irritado si el gimnasio está lleno o cerrado. 

Todas estas experiencias no aparecen de forma aislada, sino que se refuerzan entre sí y, cuando dominan la relación con el cuerpo, el ejercicio deja de ser una elección libre. De esta forma, cuando el vocabulario interno gira siempre en torno a perder, fallar o compensar, el cuerpo deja de ser un aliado y se convierte en un proyecto bajo vigilancia constante.

Y ¿qué es lo que sostiene todo este sistema o, dicho de otro modo, ¿qué funciones psicológicas tienen todas estas conductas?

  1. Control 

En muchos casos, el entrenamiento y la alimentación funcionan como una forma de controlar lo que se puede, esto sucede cuando otras áreas de la vida se sienten caóticas o inciertas.

Como por ejemplo, “si controlo la dieta, controlo mi vida” o la idea de que el cuerpo se convierte en un territorio seguro donde no manda el azar. Así, el control se convierte en una defensa frente a la incertidumbre, el estrés o la falta de seguridad interna. 

  1. Regulación emocional

El gimnasio es una estrategia para manejar emociones incómodas (ansiedad, tristeza, vacío o frustración). De esta forma, el entrenamiento reduce la tensión (es una descarga física), se percibe una sensación de “haber hecho lo correcto” y calma la culpa o la inseguridad y el cuerpo se usa como una vía de escape al malestar.

Por ejemplo, “entrenar me hace sentirme en paz”, “entreno para despejarme” y “si no entreno, me pongo de mal humor”. De esta forma, el ejercicio se vuelve el regulador emocional principal y, cuando falla, aparece la ansiedad. 

  1. Identidad

Para muchos hombres, el gimnasio no es solo una actividad, sino que es una forma de definirse. Como puede ser, “soy disciplinado”, “soy fuerte”, “soy de los que no fallan”…

Por un lado, la identidad depende del cuerpo o de la imagen corporal, la autoestima varía con el peso, con la definición o con el rendimiento y, por otro lado, el descanso o un retroceso se vive como un ataque a la identidad. De este modo, el cuerpo no solo se entrena, sino que se construye como una identidad que hay que defender. 

 

¿Qué impacto tiene todo esto en la imagen corporal?

  • Distorsión

No significa que la persona “vea defectos”, sino que ve el cuerpo de forma alterada. Así, puede verse “delgado” aunque haya aumentado la masa muscular o ver grasa dónde no la hay. En este sentido, la perfección se rige por un ideal imposible y no por la realidad. 

  • Nunca es suficiente

Es la creencia de que el cuerpo nunca alcanza “el ideal”. Aparecen frases como “me veo mejor, pero sigo viendo fallos” o supone que cada logro genere una meta más alta. 

  • Comparación

La comparación constante alimenta el descontento, comparándose con otros en el gimnasio (más grandes o más definidos), con imágenes en redes o con versiones anteriores “mejores” o “más fuertes” de sí mismos. De esta manera, la comparación crea una referencia externa que nunca se satisface. 

 

Esto genera una rigidez y un sufrimiento (cuando el cuerpo deja de ser opción)

  • Pérdida de libertad 

La vida se organiza en función del entrenamiento como, por ejemplo, se evitan planes sociales para no romper la rutina, no viajar por miedo a no perder el progreso o planificar la vida como si fuese un examen. 

El gimnasio deja de ser una elección libre y se convierte en una obligación. 

  • Ansiedad

La ansiedad aparece cuando se rompe la rutina o se pierde el control, por ejemplo, si no se entrena un día, si no se cumplen objetivos o si hay comida “no planificada”. 

Por lo tanto, la ansiedad es la señal de que el cuerpo ya no se siente seguro sin la rutina. 

  • Vida estrecha

La vida se reduce a entrenamiento, dieta y cuerpo. De esta forma, el ocio desaparece, se pierde espontaneidad, el descanso se vive como un fracaso y se evita todo lo que no encaje en el plan. En resumen, cuando la vida se estrecha, el bienestar se reduce. 

 

¿Cuál es el marco clínico?

  • Conexión con el Trastorno de la Conducta Alimentaria (TCA)

No se pretende diagnosticar, sino explicar que las dinámicas de control, la culpa y la rigidez son mecanismos comunes en los TCA y no siempre aparecen con el mismo “disfraz”, pudiendo manifestarse como obsesión por el músculo o la definición. 

Los TCA no son solo “anorexia” o “bulimia”, y existen otras formas menos visibles que pueden aparecer y estar socialmente bien vistas. 

  • Vigorexia

La vigorexia se describe como preocupación excesiva por estar musculoso, entrenar compulsivamente, como una distorsión corporal (verse pequeño o delgado) y la obsesión por llevar una dieta rígida o tener un control constante. Es decir, no es solo ser “fan del gimnasio”, sino que implica tener una relación problemática con el cuerpo. 

  • Por qué cuesta reconocerlo en hombres

Las razones principales son que el ideal masculino “se celebra” (ser grande, fuerte o disciplinado), se interpreta como una motivación en vez de como un problema, hablar del malestar corporal se asocia a “debilidad” y los síntomas se confunden con el rendimiento deportivo. La sociedad valida la conducta y eso dificulta la detección. 

 

Hablar de estas dinámicas en hombres sigue siendo un tema incómodo, precisamente porque encajan con los ideales de masculinidad que socialmente se refuerzan. Sin embargo, que una conducta esté normalizada no significa que sea inocua. Dar espacio a estas conversaciones permite empezar a nombrar un malestar que muchas veces se vive en silencio y a cuestionar modelos de cuidado basados únicamente en el control, la exigencia y el sacrificio. 

Por lo tanto, quizá la pregunta no sea cuánto entrenamos, cuántas calorías consumimos o cuán disciplinados somos, sino qué lugar ocupa el cuerpo en nuestra vida. 

¿Es un aliado que nos acompaña o un proyecto que nunca está a la altura? 

¿Nos aporta bienestar o nos mantiene en una vigilancia constante?

Porque cuando cuidarse empieza a doler, tal vez sea el momento de revisar desde dónde lo estamos haciendo. Y revisar esta relación no resta disciplina, sino que devuelve libertad.

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