Nuestra infancia tiene un papel clave en la forma en que desarrollamos nuestra identidad emocional. Las experiencias tempranas, especialmente aquellas que vivimos con nuestros cuidadores y en el entorno familiar, dejan una huella profunda en cómo aprendemos a gestionar nuestras emociones cuando somos adultos. Lo que vivimos en esos primeros años influye directamente en nuestra capacidad para manejar el estrés, resolver conflictos y relacionarnos con los demás.
Por ejemplo, si crecimos en un entorno donde expresar lo que sentíamos no era bien visto, se consideraba inapropiado o incluso se castigaba, es probable que de adultos tengamos dificultades para identificar o comunicar nuestras emociones. En estos casos, muchas personas tienden a reprimir lo que sienten, lo que puede derivar en desconexión emocional, problemas en las relaciones personales e incluso en ansiedad o depresión. La falta de herramientas para entender y gestionar las emociones puede hacer que nos sintamos perdidos o desbordados en momentos de estrés.
En cambio, quienes crecieron en un entorno donde sus emociones fueron escuchadas y validadas suelen tener una base emocional más sólida. Sentirse seguro para expresar lo que uno siente sin miedo al juicio fomenta la autoestima y facilita la comunicación emocional. Estas personas, por lo general, se sienten más cómodas al hablar de sus sentimientos y tienen mayor resiliencia frente a situaciones difíciles. La validación emocional durante la infancia no solo ayuda a identificar y procesar lo que sentimos, sino que también promueve relaciones más sanas en la vida adulta.
Ahora bien, aunque la infancia tenga una gran influencia, no determina de forma definitiva cómo gestionamos nuestras emociones. No estamos condenados a repetir los patrones aprendidos. Aunque no podamos cambiar lo que vivimos, sí podemos trabajar en cómo respondemos emocionalmente hoy.
La terapia puede ser de gran ayuda en este proceso. Nos permite tomar conciencia de esos patrones que se formaron en la niñez y que tal vez ya no nos sirven. Con apoyo profesional, es posible aprender nuevas formas de manejar el estrés, la tristeza, la frustración o la ansiedad, y reconectar con nuestras emociones de una manera más saludable y consciente.
Escuchar lo que sentimos, sin juicio, y permitirnos expresarlo es una forma de autocuidado y crecimiento. Reconocer cómo nos ha marcado el pasado es el primer paso para sanar y avanzar hacia una relación más sana con nuestras emociones y con nosotros mismos.