¿Alguna vez has respondido correos a las 11 de la noche o has seguido pensando en una reunión durante la cena? Si es así, no estás solo/a. En la era del teletrabajo y la hiperconexión, cada vez más personas se llevan el trabajo a casa. Lo que comienza como «solo un mensaje más» puede convertirse en una rutina peligrosa: el cerebro entra en un bucle de alerta constante que afecta tu bienestar, tu descanso y paradójicamente, tu productividad. Pero ¿qué pasa exactamente a nivel neuropsicológico cuando no logramos desconectar?
El cerebro no distingue entre estar en la oficina físicamente o pensar en el trabajo: sigue activando redes asociadas a la alerta, resolución de problemas y anticipación. Cuando este interpreta que hay una situación que requiere atención o una solución (como tareas pendientes, preocupaciones laborales o correos sin responder), se activa el eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal. Esta es una respuesta natural al estrés, que implica la liberación de cortisol, la hormona que nos ayuda a estar alerta y listos para actuar.
Cuando no damos al cerebro una señal clara de que la jornada laboral terminó, entramos en un estado de “alerta de fondo”. Esto puede derivar en:

- Fatiga mental y sensación de agotamiento constante.
- Dificultades para conciliar el sueño.
- Irritabilidad, ansiedad o síntomas depresivos.
- Reducción de la productividad a medio y largo plazo, debido al desgaste cognitivo y emocional.
Por lo tanto, es crucial establecer límites claros. No es solo cuestión de apagar el ordenador: también hay que apagar el “modo trabajo” de la mente.
Para ello, aquí os comparto algunas estrategias que os pueden ser de ayuda:
- Crea tu propio ritual de cierre: Asociar un gesto o actividad (p. ej. darte una ducha, un paseo, realizar estiramientos) al fin de la jornada laboral ayuda al cerebro a hacerse consciente de que el trabajo ha terminado.
- Evitar “microtrabajos” fuera de hora: Revisar correos “rápidamente” o pensar en tareas pendientes fuera del horario laboral reactiva el sistema de alerta. Intenta poner límites claros y realistas.
- Mindfulness o técnicas de respiración consciente: Practicar ejercicios de atención plena o respiración diafragmática reducen los niveles de activación y facilitan la transición al descanso.
- Establecer zonas libres de trabajo: Evita trabajar en lugares destinados al descanso (como la cama o el sofá). El cerebro asocia espacios con funciones, por lo tanto, separar los contextos ayuda a desconectar mentalmente.
Desconectar no es un lujo, es una necesidad neurobiológica. Si queremos un cerebro sano, productivo y emocionalmente estable, tenemos que aprender a apagar el “modo trabajo” cuando el día termina.

Referencia:
McEwen, B. S. (2007). Physiology and neurobiology of stress and adaptation: central role of the brain. Physiological reviews, 87(3), 873-904.