Este viernes me toca dar un mini-curso para la Universitat de Valencia dentro de la Microcredencial Universitaria en Adolescencia y familias: abordaje integral desde la emoción, la prevención y la comunicación (puedes verla pinchando aquí). Esta microcredencial ofrece una formación práctica e interdisciplinar dirigida a profesionales que trabajan con adolescentes y sus familias (docentes, orientadores, abogados, psicólogos, trabajadores sociales, entre otros). A través de un enfoque basado en la evidencia, el curso aborda los principales desafíos actuales de la adolescencia: la regulación emocional, los cambios cerebrales y el uso de pantallas, la comunicación familiar, los problemas de conducta, la prevención de la conducta suicida y la detección temprana de trastornos mentales.
Aprovechando esta clase, hoy quiero hablar del tema que me tocará abordar: el cerebro adolescente, las pantallas y su influencia en la salud mental.
Vivimos en una era en la que nuestros adolescentes están permanentemente conectados. Móviles, redes sociales, videojuegos, mensajería instantánea… forman parte de su día a día. Sin embargo, cada vez hay más evidencia científica que nos recuerda algo esencial: No es lo mismo estar conectado que estar acompañado. Recientemente, medios internacionales como The Washington Post han vuelto a poner el foco en una idea clave: las amistades presenciales son significativamente más beneficiosas para la salud que las relaciones exclusivamente virtuales. Esta reflexión encaja de lleno con lo que observamos a diario en consulta.
Y es que, como todos sabemos la adolescencia supone una etapa de alta sensibilidad cerebral. Durante la adolescencia, el cerebro atraviesa un periodo de reorganización profunda:
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Maduración progresiva de la corteza prefrontal (control de impulsos, toma de decisiones, regulación emocional).
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Hipersensibilidad del sistema de recompensa.
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Necesidad intensa de pertenencia al grupo de iguales.
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Alta plasticidad cerebral.
Esto convierte a esta etapa en un momento de gran oportunidad, pero también de especial vulnerabilidad frente a determinados hábitos, como el uso intensivo de pantallas. Con esto, las pantallas no son el enemigo en sí mismas, porque pueden ofrecer información, oportunidades de socialización y/o de aprendizaje, entretenimiento… El problema aparece cuando sustituyen progresivamente a las relaciones presenciales, interfieren con el sueño, se convierten en la principal vía de regulación emocional y/o generan dependencia o pérdida de control. En consecuencia, en consulta vemos con frecuencia adolescentes con alteraciones del sueño (uso de móvil hasta altas horas), irritabilidad y bajo estado de ánimo, aislamiento social real, dificultades atencionales y baja tolerancia a la frustración.
Pero, ¿por qué las relaciones presenciales protegen la salud? El contacto cara a cara activa sistemas neurobiológicos que la interacción digital no logra sustituir completamente: liberación de oxitocina (hormona del vínculo); regulación del estrés; desarrollo real de la empatía, la comunicación no verbal y la gestión emocional y sensación auténtica de pertenencia. Las amistades presenciales se asocian con un menor riesgo de depresión y de ansiedad, mejor autoestima, mayor estabilidad emocional y más bienestar psicológico. En cambio, una vida social centrada casi exclusivamente en lo digital no ofrece la misma protección emocional.
Las redes sociales, además, introducen un factor especialmente delicado: Comparación constante, exposición a modelos irreales de éxito, cuerpo y felicidad, búsqueda de validación a través de “likes”, mayor vulnerabilidad a la frustración, la inseguridad y el rechazo percibido…. En un cerebro adolescente, aún en desarrollo, este contexto puede amplificar la ansiedad social, la baja autoestima, el sentimiento de no encajar…
Y, ¿qué podemos hacer como familias? Desde nuestra experiencia clínica en Psicología Amorebieta – Psicosasun, recomendamos:
✅ Establecer límites claros y consensuados en el uso de pantallas.
✅ Proteger el sueño: sin móvil en la habitación por la noche.
✅ Fomentar actividades presenciales: deporte, cuadrilla, actividades extraescolares.
✅ Acompañar, no solo prohibir: hablar, entender, explicar.
✅ Ser modelo: el uso adulto de pantallas también educa.
✅ Pedir ayuda profesional cuando aparecen señales de alarma.
Conviene consultar cuando aparecen aislamiento progresivo, cambios bruscos de humor, un descenso marcado del rendimiento académico, un insomnio persistente, conflictos intensos por el uso del móvil o videojuegos y/o desinterés por actividades previamente gratificantes, entre otros indicadores.
En conclusión, las pantallas forman parte de la vida actual, pero no pueden sustituir las relaciones presenciales. Así, el cerebro adolescente necesita vínculo real, contacto, tiempo compartido y experiencias fuera de la pantalla, de forma que la clave está en el equilibrio entre la supervisión y el acompañamiento. Al fin y al cabo, prevenir hoy es proteger la salud mental de mañana.
Si te preocupa el uso de pantallas de tu hijo o hija, su estado emocional, su conducta o su rendimiento académico, en Psicología Amorebieta – Psicosasun podemos ayudarte con una valoración profesional y un plan de intervención adaptado a cada caso. Contacta con nuestro equipo y te orientamos.