Hoy en día resulta muy fácil escuchar la palabra «influencer», ya que desde hace años atrás, el número de personas que se dedican a la creación de contenido en redes sociales ha crecido notablemente. En el mundo hiperconectado en el que vivimos, los creadores de contenido tienen sobre nosotros una influencia abrumadora, más de la que creemos. Ya no son solo figuras de entretenimiento o celebridades en los medios tradicionales, sino actores clave en la construcción de tendencias, opiniones y comportamientos. En este escenario, los jóvenes son el público más vulnerable, dado su acceso casi ilimitado a internet desde edades tempranas. Este panorama tiene luces y sombras, y en muchos casos, las sombras se alzan con fuerza.

Entre las luces, podemos destacar que muchos utilizan sus plataformas para educar, inspirar o visibilizar causas sociales importantes. En un mundo donde el contenido digital es la principal fuente de información, los creadores de contenido pueden ser actores clave en temas de salud mental, conciencia social y aprendizaje. Muchos, promueven valores como el autocuidado, la salud mental, la aceptación de la diversidad o la sostenibilidad, y estos mensajes pueden llegar a tener un impacto real y positivo en sus audiencias.

Sin embargo, no podemos ignorar el peligro de una industria donde, muchas veces, el contenido está diseñado para maximizar interacciones a costa de la salud emocional y mental de los seguidores. Además, el marketing de ciertos productos se disfraza de algo natural y accesible, y son promovidos por figuras que, en muchos casos, ni si quiera utilizan lo que venden o lo hacen de manera que no es responsable. En este lado oscuro, el verdadero riesgo de la omnipresencia de los influencers radica en los mensajes distorsionados que transmiten, especialmente sobre el cuerpo y el consumo, ya que utilizan su influencia para hacer publicidad de muchos productos. Además, éstos presentan cuerpos idealizados, muchos logrados con filtro, retoques o incluso intervenciones estéticas que contribuyen a crear una percepción irreal de belleza. La constante exposición a este tipo de imágenes puede hacer que los más jóvenes, cuyas identidades están aún en desarrollo, se sientan presionados a alcanzar estándares inalcanzables.

En este entorno, el «efecto halo» juega un papel crucial. Este sesgo cognitivo, nos hace asociar características positivas como el éxito, la inteligencia o la confianza con atributos físicos o personalidad que nos resultan atractivos. Esto explica por qué , en muchas ocasiones, los influencers se vuelven referentes de autoridad no solo por lo que dicen, sino por cómo se ven o por el carisma que proyectan. De este modo, se confía ciegamente en sus recomendaciones sociales, opiniones políticas, incluso si no tienen los conocimientos o la experiencia necesarios para hablar sobre un tema específico. El físico perfecto o la vida de ensueño que muestran son a veces suficientes para que muchos crean en sus consejos sobre salud, belleza, estilo de vida o bienestar son igualmente válidos. Este fenómeno puede crear un ciclo peligroso: los jóvenes, que aún están en la formación de sus valores y personalidad, empiezan a confiar más en un creador de contenido que en un experto. Esto no solo es problemático desde una perspectiva de salud física, sino también, porque genera una desconexión con la realidad. Así pues, en un contexto global tan saturado de información, encontrar voces responsables y conscientes en redes sociales es más relevante que nunca.

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