Esa sensación de que no es suficiente
Hay personas que llevan años viviendo así, casi sin darse cuenta: están siempre disponibles, cumpliendo, llegando. Estas personas sostienen, son las que solucionan, las que no parecen fallar. Desde fuera, todo encaja a la perfección y nada parece tambalearse. Pero por dentro… no hay descanso.
Incluso cuando sale bien, cuando han hecho más que suficiente, aparece un murmuro:
- “Podría haber cuidado mejor ese detalle…”
- “Seguro que algo se me ha escapado…”
- “No ha sido suficiente.”
¿No es agotador?
¿Cuándo la autoexigencia deja de ser sana?
Al principio, la autoexigencia puede sentirse como, incluso ser, algo positivo. Te impulsa, te ayuda a avanzar, a comprometerte y a hacer las cosas lo mejor que puedes. El problema aparece cuando se reduce la autocompasión… y en su lugar empieza a aparecer la culpa constante.
Este cambio implica que la productividad o “el tratar de hacerlo suficientemente bien” deje de una elección y se convierte en una forma rígida de actuar en la vida diaria: “Si no lo vas a hacer perfecto, mejor no lo hagas.”. Ya no hay espacio para el error, ni para el aprendizaje. Solo hay presión y cierto auto-juicio:
- “que tonto que me he equivocado aquí”
- “como ayer no hiciste nada, hoy deberías de hacer el doble”.
Señales de una autoexigencia que empieza a doler
Llega un punto en el que ya no haces las cosas porque quieres, sino porque sientes que debes hacerlas así. No hay espacio para los pequeños errores cotidianos, y, por tanto, tampoco para el aprendizaje.
Por ejemplo; terminas un trabajo y, en lugar de sentir alivio, te descubres revisándolo una y otra vez, buscando ese pequeño fallo que quizá nadie más vería.
O quedas con alguien para descansar, pero tu cabeza sigue repasando todo lo que “deberías estar haciendo”. O empiezas a sobrepensar si estás cuidando lo suficiente a amigos/ familia/ compañeros… Las opciones son infinitas.
El círculo invisible entre culpa y exigencia
Hay algo que mantiene todo este patrón en marcha, y muchas veces pasa desapercibido: el círculo entre la culpa y la autoexigencia ¿Cuál es este circulo?
Funciona más o menos así:
Y así, sin darte cuenta, entras en este bucle.
Por ejemplo: decides descansar una tarde, pero en lugar de disfrutarla, empiezas a pensar en todo lo pendiente. En ese momento aparece la culpa y al día siguiente intentas “compensar” haciendo más, apretando más, exigiéndote más (todo eso que deberías haber hecho esta tarde…). Además de tratar de compensarlo, si no llegas al estándar irreal que te has puesto como objetivo es un fracaso. Así, empiezas a observar el resultado y no el esfuerzo.
El problema es que este ciclo no se cierra nunca, se repite constantemente. Aumenta constantemente la necesidad de “hacerlo perfecto” y de culpa por cada detalle que se aleja de ese perfeccionismo.
¿Cómo empezar a salir de este bucle?
Romper este ciclo no implica dejar de exigirte de golpe, sino comenzar a introducir pequeños cambios en tu manera de actuar y pensar que vayan debilitando de manera progresiva este bucle instaurado.
Por ejemplo:
• Identificación emocional de la culpa, sin responder automáticamente con más exigencia
• Permitirte parar sin sentir que después tienes que “compensarlo”
• Dar por válido lo que haces, aunque no sea perfecto
• Cuestionar la idea constante de que siempre podrías haber hecho más
Son cambios pequeños, pero importantes. Poco a poco, ayudan a debilitar ese bucle y a relacionarte contigo mismo/a de una forma más sana. Y en este proceso, la terapia puede ser un apoyo muy valioso.
¿Y si no se trata de hacer más… sino de tratarte de otra manera?
Quizás ha llegado el momento de empezar a hacerlo de otra manera, más humana, y no perfecta.